Bienaventurados los viejos

A comienzos de los años 90, Esteban Gumucio se fue aproximando al tema de “los viejos”.

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Ya había pasado la barrera de los 75 años de edad y fue invitado entonces, por la directiva de la Conferencia de Religiosos de Chile, a liderar un encuentro con religiosas y religiosos de la tercera edad. Fue el comienzo de una etapa personal más reflexiva sobre la ancianidad y la muerte, que seguiría profundizando hasta el final de su vida en Mayo de 2001, a los 86 años y 8 meses de edad.  A esa época pertenecen los escritos que presentamos en este libro “Bienaventurados los Viejos”. Ya sea en prosa o en verso o combinando ambos géneros, a la manera de una reflexión existencial o de una meditación bíblica, como una oración o un aporte para alguna actividad, Esteban nos va entregando, con una espontaneidad admirable, su propia vivencia del hecho de “ser viejo”.

Progresivamente, va reconociendo en ello algo muy bueno, más una oportunidad que una amenaza, que lo lleva a exclamar con total sinceridad, “ahora soy más feliz”. Se trata de una etapa de la vida que tiene “una gracia propia” y que puede hacer de los viejos unos auténticos “bienaventurados”, más allá de los “temores y tentaciones” lógicos de toda existencia humana. Hay una “juventud de los viejos” que no tendría por qué perderse con los años, y que sólo se conserva “en clave de Fe”. El encuentro con la Palabra del Señor produce en Esteban ecos profundos de historias de otros ancianos que nos han precedido. Abraham, Moisés, Jeremías, Eleazar, del Antiguo Testamento; y del Nuevo, Simeón, Nicodemo, Pedro, Juan. En todos ellos ha habitado el Espíritu, el que está siempre disponible para los ancianos de hoy.

Cuando la vivencia interior se transforma en oración, Esteban invita a “aceptar la ancianidad”, y “desde el difícil silencio de los viejos” se dirige con ternura al “Padre de los viejos”, como “un viejo enfermo” o como “un pobre viejo agradecido”, que se confía en su Dios “al caer la tarde”. En la oración pide “reconocer a Dios en todo”, “seguir sirviendo en la Iglesia”, “ser voz de los ancianos”, “preparar el corazón” en una plegaria “de fin de vida”. Le escribe una “Carta a Jesús” y declara “el Credo de mi vejez”.

En la medida de las solicitudes que se le hacen, para acompañar aquí y allá, Esteban va esbozando aportes, subsidios, para una jornada, un retiro, una liturgia. Se trata de ir asumiendo  “un camino de purificación”, preguntándose “quién es Jesús para nosotros”, con la disposición de ser “siempre aprendices”, en un continuo ejercicio de “plantar árboles” de futuro. Esteban, viejo religioso, tendrá una palabra que decir “a un religioso viejo”. En sus escritos, y a través del tiempo inexorable, la muerte se irá haciendo cercana, pero también, hermana. En todo caso, no hay apuro: “aún no me llames, Dios”. El tiempo sirve para ir asumiendo aquella muerte “como preludio de otras fiestas”, asentando la certeza de que ya “algo le ha pasado a mi muerte futura con la Resurrección de Jesucristo”. Al fin de cuentas, la muerte no es más que el envoltorio de ese regalo que es la vida. Ya inminente, sólo queda decir “adiós”. Es decir, a Dios todo.

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