Esteban Gumucio: Una vida que encanta

Por Enrique Moreno Laval ss.cc. 
(Publicado en revista Testimonio)

Se ha dicho, repetidas veces, que la Iglesia necesita, sobre todo, de testigos. Estos testigos son indispensables, tanto al interior de la vida de la Iglesia como para comunicar al mundo su mensaje. Se necesitan personas capaces de dar un testimonio coherente de lo que dicen creer. Los discursos doctrinales ya no valen por sí mismos; como tampoco, las estructuras institucionales. Los testigos deben ser atrayentes. No se trata, tan solo, de personas que nos resulten gratas por su manera de ser; sino capaces de cautivar nuestra atención, hasta el punto de sentirnos atraídos fuertemente a imitar sus vidas. De esas personas decimos que nos fascinan, que tienen carisma, encanto, hasta el punto que nos conmueven y seducen; pero, sobre todo, nos convencen. Esteban Gumucio fue una de ellas.[1]

¿Qué era lo que hacía del padre Esteban una persona atractiva, encantadora y fascinante?

El testimonio de la gente

La gente que tuvo el privilegio de compartir con él algún momento de su vida, es la que mejor expresa cómo fue su experiencia con el padre Esteban. En los años siguientes a su muerte, se publicó un libro conmovedor, Esteban en la memoria de los suyos. [2] Es un texto imperdible para reconocer el impacto que dejó su vida en las vidas de muchos. Es un testimonio que, de alguna manera, vale la pena recoger. Selecciono, a continuación, algunas expresiones de la gente que dio testimonio del padre Esteban, copiándolas simplemente una tras otra.

Su acogida: la importancia de las personas

Me llamaba mucho la atención su alegría, esa alegría con la que recibía a todo el mundo. Cuando estabas con él, tú sentías que tenía todo el tiempo del mundo para dártelo. Cada persona que él atendía era una persona única. Nos quedamos impresionamos por la acogida, su ternura, y sobre todo por su capacidad para escucharnos. Lo que le importaba eran las personas. Sabías que podías contar con él para todo. Siempre estaba disponible. Me sentía bien porque podía decir lo mío con plena libertad, sabiendo que estaba ante un hombre bondadoso, que no me juzgaba; sino que me estaba escuchando, tratando de entenderme. Nunca andaba deprisa, nunca deprisa. Cada persona tenía su tiempo, lo que necesitara. Era una de esas personas tan acogedoras que, cuando tú conversas por primera vez con ellas, es como si las conocieras desde hace mucho tiempo. Él podía atender a cualquier persona. Tenía esa delicadeza para percibir el valor de cada cosa, de cada persona.

Él tenía algo que te hacía sentir muy bien. Era como ese amigo que uno siempre busca, que escucha con mucho cariño, con mucha atención. Pero nunca era agobiador, sino un hombre muy liberador. En él yo encontraba un alma paternal, comprensiva, misericordiosa, que regalaba luz y calor a mi espíritu. Uno se sentía tan cómodo con él, tan cómodo, porque sabías que era un hombre que no estaba juzgando, que no hacía comparaciones, que a uno lo recibía tal cual era y no le exigía que fuera como otros. Tenía esa cualidad de poder entenderte y también decirte que no estaba de acuerdo contigo. Yo sentía que él estaba conmigo. Era como un hermano, estaba allí como una roca; como alguien de quien te agarras del brazo cuando te vas a caer. Su vida estaba empapada por las vivencias de la gente. Él tenía tiempo para conversar, para regar las plantas, para escribir una poesía, para escuchar una música, para ver una película, para atender a cada viejita que viniera a verlo.

Su pasión: comunicar a Jesús

Yo me sentí muy amado por Jesús en esa época, gracias a él, que fue como el puente entre el Señor y yo. Yo podía decir: el Dios del padre Esteban es mi Dios; el Jesús que predica el padre Esteban es el Jesús en quien yo creo. Nos hablaba de Jesús, de Dios, de una manera que nos cautivaba. Su sola presencia nos regalaba un Dios tan cercano, tan nuestro. Todo eso que él escribió no lo puede escribir una persona que no tenga esa espiritualidad, esa oración amasada adentro. En su oración uno sabía que él estaba con Dios. Creo que es un hombre que dejó una presencia de Dios muy grande en mucha gente. Así debe ser Dios, como el padre Esteban.

Él reconstruyó muchas almas, transformó por dentro a mucha gente. Esta es la santidad del padre Esteban: logró que la gente tocara al Señor, a través de su amistad, de su cercanía. Estoy seguro que el padre Esteban fue un hombre santo, que pasó por nuestras vidas dándonos un testimonio de santidad muy hermoso; porque fue una santidad sin aspavientos, una santidad muy connatural, talvez nada espectacular, una santidad expresada en lo simple, en las relaciones sencillas, fraternas, cariñosas. Era alguien muy preocupado de la necesidad humana, del derecho, de la justicia.

Su vocación: lucidez y transparencia

Fue un hombre que vivió con una lucidez extrema su propio desarrollo. Vivió con mucha claridad su vida. Fue un hombre transparente, sin máscaras. Para mí, el rasgo más característico del padre Esteban es la coherencia con su vocación, su santidad. Una santidad consecuente con su vida. Lo que impresionaba eran esas ganas de ser pobre de verdad. Esteban tenía una capacidad poética muy fuerte, si uno entiende lo poético como esa capacidad de crear, de vislumbrar mundos nuevos. Pero sobre todo tenía esa capacidad de ver desde otro punto de vista, con perspectivas nuevas, con sentimientos nuevos. Tenía esa capacidad de ser niño. Esteban era Esteban y nunca dejó de ser Esteban. El padre Esteban, para mí, no es una figura del pasado, es una figura que me acompaña todos los días. El padre Esteban sigue vivo.

El testimonio de la Iglesia

La causa de beatificación y canonización del padre Esteban está en Roma, en una fase de desarrollo que podría convertirlo pronto en “Venerable”, título que la Iglesia otorga a los Siervos de Dios antes de la eventual beatificación. Si esto ha llegado a ser así, es porque la Iglesia de Santiago de Chile lo hizo posible después de una acuciosa investigación canónica. Valga tan solo recoger los conceptos expresados por los dos arzobispos que tuvieron que ver con el proceso diocesano de la causa del padre Esteban: el arzobispo Francisco Javier Errázuriz, que la inició; y el arzobispo Ricardo Ezzati, que la concluyó.

Ha dicho el cardenal Errázuriz: “Siempre he tenido una gran alegría por la manera como él (el padre Esteban) desplegó el horizonte pleno de lo que Jesucristo espera de nosotros. Porque, por una parte, uno sentía que había en él el alma de un místico, pero también de alguien profundamente comprometido con su pueblo, un profeta, un luchador, el buen samaritano, el buen pastor. Al final uno tenía que decir que, de alguna manera, era Jesús mismo que caminaba por nuestras calles, por nuestra ciudad. Hemos podido palpar en él el horizonte de las bienaventuranzas. Algo extraordinario”. (…) “Quiero decir que nunca se puede abrir un proceso de beatificación si es que no está difundida en el pueblo de Dios la fama de santidad. Es curioso, pero quien primero beatifica es el pueblo de Dios. El pueblo cristiano cree que alguien está junto al Señor, que está intercediendo por nosotros y que es un modelo de vida. Y recién después, la Iglesia con un juicio ya solemne, en el caso de la canonización con un juicio infalible, dice que efectivamente es santo y que ha de ser venerado así por la Iglesia”.[3]

Ha dicho el cardenal Ezzati: “Quisiera decirles que, para mí, sin duda alguna, es un privilegio en el día de hoy poder firmar las actas que permiten que este proceso diocesano pueda llegar a la Congregación para la Causa de los Santos en Roma. Al padre Esteban lo he podido conocer como un profeta de Jesús, como un profeta en momentos cruciales y difíciles de la historia del país, como un profeta del Evangelio. Le tocó un momento de la historia del país bastante complicado y él pudo dar un testimonio muy transparente, muy claro de la verdad del Evangelio y de la fuerza liberadora del Evangelio. En mi vida de obispo he podido recoger el testimonio de la vida del padre Gumucio en tantos lugares del país. Creo que en un momento difícil también de nuestro caminar como Iglesia, un gesto como este nos llena de esperanza, porque nos dice que la Pascua es mucho más fuerte que nuestro pecado, que la fuerza de la gracia es mucho más grande que nuestra debilidad”.[4]

La vigencia de su encanto

¿Hay motivos para que la vida de Esteban Gumucio siga siendo hoy “una vida que encanta”? Para que sea así, será necesario que los motivos originales de ese encanto se mantengan vigentes. Me parece que esto se cumple, se sigue cumpliendo en el caso del padre Esteban. Hace algún tiempo, comencé a percibir la similitud entre los “temas” permanentes del padre Esteban y los que hoy nos está planteando el papa Francisco. Me ha admirado la convergencia de ambos en los temas de hoy.

Uno de ellos, y muy esencial, es la centralidad de la persona de Jesús. El papa nos está llamando constantemente a ir a Jesús, a volver a él, como único camino de renovación de la Iglesia. Es una urgencia que no resiste demora. En sus homilías diarias, el papa Francisco apunta a este núcleo fundamental de nuestra fe que el padre Esteban supo desarrollar con la misma claridad y frescura. Esteban Gumucio es un fascinado por Jesús, y por eso mismo, su propia vida encanta y fascina. En un vibrante poema, dice: “Sigo a un hombre que me cogió por el centro de la vida, por mi profunda interior raíz, por lo mejor de mí mismo. Sigo a un hombre que me quiere libre, sin cadenas. Sigo a un hombre que, siendo mi Señor, es mi mejor amigo. (…) Sigo a un hombre llamado Jesús”. De esa relación tan personal con el Señor, el padre Esteban nos deja un testimonio emocionante en sus Cartas a Jesús.[5]

El tema de una Iglesia de los pobres y para los pobres aparece en el inicio del ministerio del papa Francisco. El papa ha explicitado esta opción convocando a una Iglesia “en salida”, que va desde su centro institucional hacia los márgenes, hacia la periferia. En 1964, Esteban Gumucio asumió este llamado, que ya venía de Juan XXIII al convocar el concilio, disponiéndose a dejar de lado una vida conventual relativamente tranquila para ir a los márgenes, y crear, junto a tres sacerdotes jóvenes, un nuevo tipo de presencia apostólica en medio de los pobres de la ciudad. Hasta su muerte, el padre Esteban fue fiel a esta manera de entender la misión, porque entendió que así lo habría hecho Jesús.

La preocupación por los sacerdotes es un tema recurrente en el papa Francisco. Él quiere un sacerdocio de pastores, no de funcionarios o burócratas. Los quiere “con olor a oveja”. Esteban Gumucio supo sacarle provecho a su personalidad sensible y amable, y motivado por el estilo pastoral de Jesús, vivió su ministerio presbiteral en total cercanía con la gente, no solo habitando físicamente entre ellos, sino plenamente comprometido con los dolores y esperanzas de su pueblo. En uno de sus poemas (“Autorretrato”), aludía a aquella misma imagen pastoril diciendo, “Siento el perfume de ovejas, y ese olor a guano secular que acompañará siempre a su Iglesia”. Un libro ha recogido también su concepción y vivencia del sacerdocio a propósito de conferencias y retiros a sacerdotes.[6]

Como religioso, el papa Francisco ha expresado su deseo de que exista en la Iglesia una vida religiosa testimonial. Ha insistido en que la vida consagrada dé un testimonio alegre y limpio, capaz de invitar a otros a servir al Señor en este estilo de seguimiento; y se ha referido también a una vida consagrada mística y profética, condición para que no se vuelva estéril. Nos impresionaba, en el padre Esteban, la manera de vivir su consagración. Su pobreza religiosa, expresada en una sobria y sencilla manera de vivir; denunciando las causas de la inaceptable miseria de los pobres. Su obediencia religiosa, siempre dialogante y absolutamente disponible. Su castidad en el celibato religioso, desbordante de amor libre y generoso, sin hacer distinciones, en una afectividad vivida con verdad y cuidado; sabiendo que solo Dios merecía todo su amor. En su ministerio, entendido como la misión de entregar a Jesús, lo llevó a conectar el Evangelio simplemente con la vida de la gente, a través de una palabra llena de poesía, de fuerza y de verdad. El ministerio presbiteral del padre Esteban siempre estuvo vinculado a su condición de ser primeramente un religioso en la Iglesia.

Uno de los sentimientos clave del papa Francisco dice relación con la misericordia y la compasión. Según el papa, están en el corazón de la alegría del Evangelio que debemos transmitir. Por eso surgió el año jubilar extraordinario de la Misericordia. La vida del padre Esteban desbordó en misericordia y compasión por los demás. Las personas constituyeron el centro de su ministerio, a la manera de Jesús. Fue especialmente sensible respecto de los más sufrientes, los más necesitados de amor y de consuelo, los más desamparados, los perseguidos, los violentados. Su vida está llena de ejemplos muy vivos en este sentido. El padre Esteban nos ha estado animando a ser “una Iglesia capaz de redescubrir las entrañas maternas de la misericordia”, como dijera el papa Francisco a los obispos en Brasil (Julio 27, 2013).

El sínodo de obispos centrado en la familia, es una muestra de la solicitud pastoral del papa Francisco por esta realidad. En su exhortación apostólica Amoris Laetitia, nos invita a un cambio de actitud pastoral respecto de la actual situación de las familias. Durante los últimos 27 años de su vida, el padre Esteban estuvo vinculado a un servicio a las familias a través del movimiento internacional Encuentro Matrimonial. Su acompañamiento a matrimonios cristianos en más de 300 fines de semana, le aportaron un conocimiento que derivó en una sabiduría muy apreciada por quienes compartieron con él. Parte importante de ella quedó plasmada en numerosos escritos suyos que fueron recogidos posteriormente en otro de sus libros.[7]

Uno de los grandes desafíos que está enfrentando hoy el papa Francisco es su amor a la Iglesia, amor que quiere ver plasmado en una verdadera conversión pastoral. La Iglesia necesita de creyentes coherentes, de comunidades reales de fe y de pastores genuinos a la manera de Jesús Buen Pastor. La Iglesia requiere de ciudadanos adultos, reconocidos como tales, y animados a aportar con lealtad su amor por ella. Uno de los poemas de Esteban Gumucio lleva como título “La Iglesia que yo amo”. En su poema, el padre Esteban confiesa su amor a “la Iglesia de todos los días”: la Iglesia de la diversidad y de la unidad, de doctores y pastores, de pobres y pequeños, de santos y pecadores; una Iglesia diferente en su teología, testimonial y perseguida, la del verbo duro y la compasión; una Iglesia jerárquica y popular, una Iglesia de ciudadanía, en torno a un solo Señor y Maestro, Jesús. Ese amor suyo por la Iglesia se expresó además en una lealtad sin repliegues, tanto en su relación con los obispos como con los laicos en sus comunidades. En esta querida Iglesia, cuya credibilidad está puesta a prueba cada día, el padre Esteban nos sigue animando con su creativa fidelidad.

Conclusión

No puedo concluir sin expresar mi testimonio personal. Conocí al padre Esteban, a comienzos de 1948, cuando yo tenía 6 años de edad, e ingresaba como estudiante al colegio de su congregación, en la calle Alameda, en Santiago. A los 7 años, recibí de sus manos la primera Comunión. En 1960, con 19 años, decidí entrar al noviciado de los Sagrados Corazones para hacerme religioso y sacerdote. Me reencontré allí con el padre Esteban como mi maestro de novicios. Ya sacerdote, en 1968, viví junto a él mis primeros seis años de ministerio, en la parroquia de San Pedro y San Pablo. Nos seguimos encontrando toda la vida, acentuándose cada vez más esa “paternidad espiritual” que el padre Esteban fue reconociendo sobre muchos de nosotros. En los últimos meses de su vida, tuve el privilegio de registrar el relato entrañable de toda su vida, que nos permitió recogerla en un libro que él mismo alcanzó a conocer en su primera edición.[8] Para mí, para muchos de nosotros en la congregación, Esteban nos marcó la vida para siempre.

¿Podría caber alguna duda del encanto, de la fascinación que nos provoca el padre Esteban? Su vida encantará a quien quiera acercarse a ella. Para beber de su propia fuente, Dios le dio la gracia de escribir y a nosotros la oportunidad de recoger, ordenar y publicar sus escritos. Pero, no podemos dejar de lado que, si esto es así, es simplemente porque el mismo Esteban Gumucio fue un fascinado por Jesús. Llegó al momento final de su vida tan libre de sí mismo y tan lleno del amor de Dios en Jesús. En esos días, escribió: “Ahora, frente a la muerte próxima, ¡qué bueno es reconocer que es solo tu amor gratuito mi única consistencia! La esperanza de ir a ti y encontrarme para siempre contigo, Jesús, se fundamenta únicamente en tu corazón que goza regalando vida”.[9]


[1] Esteban Gumucio Vives (1914-2001), religioso y sacerdote chileno de la Congregación de los Sagrados Corazones.
[2] Esteban en la memoria de los suyos. Libro que recoge más de un centenar de testimonios de personas que conocieron al padre Esteban. Obra de la periodista Natacha Pavlovic Barbaric.
[3] 20 de mayo de 2010, al iniciar el proceso diocesano de la causa.
[4] 21 de enero de 2011, al clausurar el proceso diocesano de la causa.
[5] Cartas a Jesús. Libro que recoge la íntima experiencia de oración del padre Esteban, quien autorizó su publicación solo después de su muerte.
[6] Fijos los ojos en Jesús. Palabras a sacerdotes. Libro que recoge predicaciones de retiros y charlas del padre Esteban a sacerdotes religiosos y diocesanos.
[7] Los tiempos del verbo Amar. Libro que recoge escritos del padre Esteban sobre el amor de los esposos, en estrecha vinculación con su servicio a Encuentro Matrimonial.
[8] Conversaciones con Esteban Gumucio. Libro-Entrevista realizado por Cristian Venegas Sierra y Enrique Moreno Laval.
[9] En Cartas a Jesús, “Para esperar la muerte en paz y confianza”.
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